El envejecimiento es un proceso biológico unidireccional que se caracteriza, principalmente, por una disminución de las funciones que hacen más susceptible al ser humano de padecer enfermedades y morir a consecuencia de ellas (Nilsen, 2008). En este proceso el organismo va perdiendo la habilidad para responder ante el estrés y mantener la regulación homeostática y metabólica, teniendo como consecuencia la disminución de las capacidades cognitivas y de sobrevivencia (Glica et al., 2009).
A través de los años el individuo comienza a envejecer y esto hace que aparezcan cambios irreversibles que afectan a células, tejidos y órganos, o la totalidad del individuo. Por lo tanto la vejez no es una enfermedad, aún cuando en cierto número de ancianos se desarrollan discapacidades por la falta de una respuesta adecuada a los agentes estresantes del medio ambiente (Zorrilla, 2002).
Estas alteraciones convierten el proceso natural del envejecimiento en un envejecimiento anormal o patológico, caracterizado por la presencia de enfermedades cerebro vasculares y otras, tales como la diabetes mellitus, la cardiopatía isquémica y aquellas que son capaces de provocar las demencias (después de los 65 años), las cuales repercuten en un alto costo para lograr una asistencia adecuada al anciano (Collins y Collins, 2006).